La historia de la maestra Petrona Villagra, hoy referente en el campo de la conservación y restauración de arte; comenzó, como por designio del destino, con mucho trasfondo histórico. 

Corrían los años 70´ y para iniciar sus estudios superiores se trasladó de su ciudad natal a la capital, donde vivió con sus tíos. La joven Petrona deseaba estudiar arte y, a pesar de su tía, su tío la apoyó a escondidas. 

Por azar o destino, Félix Pino, en la década de los 30’ sirvió en la Guerra del Chaco junto con Roberto Holden Jara, quien sería años más tarde el primer Director de lo que hoy conocemos como el ISBA – Instituto Superior de Bellas Artes.

La creación de la Escuela de Bellas Artes, la primera institución educativa de arte del país, ocurre en 1957. En 1970, Pino, se reencontró con su antiguo camarada, lo que posibilitó que su sobrina estudiara el Profesorado en Artes Plásticas.

En los últimos años de la carrera, la maestra estudió restauración como asignatura, con la profesora Estela Rodríguez Cubero; y quedó prendada por completo: «Desde ese momento cambió mi vida, porque solamente me dediqué ya a la restauración», nos expresó en esta entrevista.

Villagra también fue docente de dibujo y pintura en colegios, sin embargo, fue en la restauración que cultivó su talento durante la mayor parte de sus años. El Taller de Restauración existe desde su llegada a Bellas Artes y en la actualidad lleva su nombre, en honor a sus 50 años de enseñanza y su merecida jubilación. 

Un oficio de paciencia, memoria e historia 

La maestra Petrona recuerda con nostalgia y amor la primera obra que restauró, que fue «14 y 15 de mayo de 1811», la distinguida pintura histórica del Italiano Guillermo Da Re, que se encuentra en el Palacio de Gobierno; donde también realizó intervenciones en los murales. La restauración de ese cuadro es para ella uno de los momentos más preciados de su trayectoria, no olvida que ese trabajo lo realizó en el suelo, una práctica que entonces era común y que hoy quedó atrás debido al avance de las tecnologías y herramientas para restaurar. 

Verónica Verón, restauradora y compañera de años de la maestra, relató con emoción los trabajos más importantes que han tenido juntas: desde murales en edificios históricos hasta colecciones privadas. Se destaca la puesta en valor de las figuras de San Joaquín y Santa Ana de la Iglesia de San Joaquín, Caaguazú; un valioso acervo del arte colonial jesuita. 

En repetidas ocasiones han sido encargadas de intervenir en reliquias de arte sacro y obras de similar naturaleza, por ejemplo, el Retablo de San Carlos de Borromeo de la Iglesia de Trinidad, retablos de la Catedral de Asunción, de las Iglesias de Yaguarón, Caazapá, San Pedro. 

Después de medio siglo dedicado a la conservación y restauración, la maestra Petrona afirma que ya no quedan obras con las que desee trabajar, pues ya realizó todas las que quiso. Sin embargo, ya que sus manos conservan la memoria y su destreza sigue intacta, se permite continuar trabajando por su cuenta. «No pierdo el pulso, lo mantengo. El cuerpo recuerda siempre», dijo con orgullo. 

Luces y sombras en la conservación del patrimonio en Paraguay

Verón y Villagra coinciden en que en Paraguay esta disciplina avanza en institucionalizarse, con la creación de leyes nuevas, convenios internacionales y proyectos emblemáticos; no obstante, encuentran tres ejes mejorables.

Uno de los mayores desafíos radica en la reducida cantidad de profesionales capacitados en Paraguay. Esta realidad se debe en gran medida a la falta de oportunidades académicas que ofrezcan formaciones en conservación y restauración. En nuestro país solamente hay tres programas académicos en el área; la Escuela de Conservación y Restauración «Maestra Petrona Villagra», del ISBA, es uno de los primeros y más antiguos referentes locales.

Por otra parte, existe un gran vacío en la educación y conciencia ciudadana. Hay intervenciones caseras desde la ignorancia, las personas tocan las obras sin saber que las piezas no son decorativas, son reliquias. Esto debido a que mucho patrimonio se encuentra en iglesias o espacios públicos, falta promover campañas educativas para crear una cultura patrimonial más arraigada. 

Por último, hay escaso control y fiscalización, las intervenciones no autorizadas no se sancionan, las instituciones tienen un alcance limitado y pocos recursos, y como consecuencia, la ley y la práctica real se desencuentran.